sábado, 28 de mayo de 2011

Manifiesto en Pro de las Aventuras de Cercanías

Habiendo sido esquilmado el contenido de nuestras bolsas, llegado el periodo vacacional, la inmensa mayoría nos encontramos con pocos medios para embarcarnos en aventuras que impliquen ir a tierras lejanas.

Viendo partir los buques hacia ultramar deberíamos pararnos a pensar: ¿es qué no es tan “tierra” la tierra cercana como la tierra lejana? Ciertamente que sí.

Y he ahí que, despojando del habitual mercantilismo, en cuanto a lo que de lejano ha de tener un viaje para ser digno de mención, por aquellas personas que no tienen otra cosa que hacer que ver cuan lejos llega su escupitajo, manifestamos la conveniencia de lanzarnos a unas aventuras de cercanías, tan aventuras como las de lejanías (lo mismo que sucede con la pesca, que sea del atún o de bajura, nunca deja de ser pesca).

Hacer “patria chica” tiene innumerables ventajas, no sólo la relativa a los desembolsos: no se suele conocer “nada, absolutamente nada” de lo que nos rodea por lo que todo lo que visitemos será nuevo para nosotros; no hay que esperar a las “vacaciones” para ir de aventuras, podemos ir cuando queramos; podemos ir a pie, en bici y también en transporte público y así tomarnos esa cañita que da positivo en el control de alcoholemia; no tenemos que hospedarnos en esas cajas de cerillas, pagando el metro cuadrado a precio de Taj-Majal... podemos volver a casa a dormir o quedarnos bajo el techo más bonito de las estrellas (que, por cierto, hay muchísimas más de las que habitualmente se ven); las casitas son típicas, en contraposición de los bloques tópicos que configuran esos paisajes irracionales, horribles, feísimos, comerciales, artificiales y tan deshumanizados como nuestras ciudades de origen; las gentes viven a su ritmo y ese ritmo nos ayuda a “no llevarnos” con nosotros el estrés insano que nadie se deja en casa y que convierte el “pueblecito costero” en una pequeña “capital”, con su frenética arritmia taquicárdica, y a algunos comerciantes dispuestos a aprovecharse de esa vulnerabilidad que provoca el conocido mal, de la clase turista, llamado “aprovechamiento estresante del tiempo condensado”; no hay que preparar esas maletas que se pierden; nunca te quedas en tierra por esa huelga tan oportuna; poco importa esa lluvia, tan propia de los puentes que, a causa del cambio climático, ha transformado el veraneo en monzón; podemos refrescarnos con una brisa y/o a la sombra en lugar de remojarnos en ese caldo piscinaico lleno cloro, orines, cadáveres de moscas y avispas, hongos y bolillas criadas entre los dedos de los pies; podemos ir solos, con la familia o los amigos y, de esta guisa, podemos planificar, para después de la aventura, eso tan gratificante que es una comida en un lugar de nuestra confianza en vez de ir al típico hacinamiento para “turistas” (con o sin arena de playa) con unos menús en los que no nos encontraremos los típicos: plato de lechuga con pocos calamares a la romana, pescaito fritito, frito antes de ayer, mayonesa de poca confianza, almendritas sobadas por los clientes anteriores y, en cuanto a la bebida, jarra llena de hielo con un chorrete de sangría y jarras al 50% (mitad cerveza; mitad espuma), ah, y la cuenta con el IVA que no aparece en la pizarra.

Para terminar, y así satisfacer la curiosidad de la élite que suele preguntar “¿no habéis hecho nada estas vacaciones?” afirmemos con vehemencia que no hay mayor ni más noble actividad, y que se añore tanto fuera de estos periodos vacacionales, que la de tocarse los huevos, ¡sin perdón... y con permiso de la gallina!









Esta simpática canción del grupo “Mamá Ladilla” nos servirá de réquiem.

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